la Semana Santa en SevillaEn capítulos anteriores, rescatados del mismo semanario (La Ilustración Española y Americana), el ecijano Mas y Prat dejó, a través de sus artículos, magníficos relatos sobre la Semana Santa de Sevilla, reflejando en ellos, desde todos los puntos de vista, la idiosincrasia de la capital sevillana con la celebración de dicha fiesta religiosa anual. Año tras año, el periodista y escritor ecijano, desde distintos prismas, fue desmenuzando el significado de dicha semana y en esta ocasión el artículo que he recuperado, aunque lleve por título SEMANA SANTA EN SEVILLA, escribe en definitiva, y así los concreta en el subtítulo, sobre “Los Hoteles. Acá y Allá. Túnicas y capirotes. Saetas. El Miserere y a Gloria”, teniendo el siguiente contenido:

LOS HOTELES.

Están llenos. Se dan casos de colocar biombos en los descansos de las escaleras, y lechos móviles en las mesas entrelargas de los salones de lectura, ¡Que más! un peruano que no pudo hallar plaza el año pasado y se empeñó en pernoctar en uno de los más concurridos, colgó su hamaca de hilos de colores entre las arcadas del patio, y paso la noche meciéndose bajo la montera de cristal como los papagayos y las oropéndolas.

En los días de Semana Santa y feria los hoteles de Sevilla son vivo trasunto de lo que es la población flotante que nos asalta de todas partes. Las mesas del Imperial, del de Madrid o del de París tienen en esos días ese aspecto original y nuevo que las equipara con las de los grandes hoteles de París y Londres. Hay sin embargo en ellas tipos que no pueden estudiarse en la pérfida Albión ni en la capital de la vecina República, que no salen de estos parajes ni salvan jamás la frontera; tipos para los cuales prepara el turista, con verdadera fruición, sus lápices y sus anteojos.

La serrana rica, que suele lucir moño respingado atravesado por agujas de oro, zarcillos de a cuarta guarnecidos de brillantes, corpiño de terciopelo y medias azules; la labradora andaluza, que aún no ha renunciado a su mantón de Manila con chinos, flores y pajarracos; el torero, que se da vida de príncipe en estos días de severidad cristiana, y no abandona su sombrero calañés, su faja de seda y su chaquetilla madrileña o jerezana; el cacique de lugar, inflado por el favor del ministro, y que no viene a Sevilla sin estrenar terno, sombrero y capa nueva; el cantante de ópera, que se prepara a pasar en el teatro de San Fernando la célebre y ruidosa temporada de Abril; todos estos y muchos más, cuya enumeración harían pesadas estas letras, alternan en la mesa redonda con el patilludo inglés y el estirado yankee, con el ruso helado y con el portugués finchado y coloradote como nuestros pimientos riojanos.

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