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LA BEATRIZ DEL DANTELA BEATRIZ DEL DANTE.

I.

Hay nombres que resuenan en nuestro oído como una música conocida sin que podamos precisar las notas, que nos son familiares sin tratar íntimamente a los que los llevan, que hacen nacer la compasión, la simpatía y el entusiasmo por los ecos que levantan en torno nuestro.

Este fenómeno, que podemos llamar psíquico-imaginativo, se da de un modo más acentuado y profundo con los personajes creados por la fantasía del poeta y del artista que con los seres reales; y hasta tal punto llega la intensidad de la posesión, que cuando algún escoliasta atrevido, compulsando datos y textos, llega a reconstruir la historia de alguno de esos héroes famosos, o a despojarle de sus lineamientos peculiares, volvemos los ojos a la crónica y a las leyendas, y nos resistimos a dar crédito a las más patentes afirmaciones.

Safo será siempre la amante despreciada que se arroja al mar desde la roca de Léucade; Mesalina, la personificación del vicio, que se alumbra con el candil lupanario; Juana de Arco, la expresión del místico entusiasmo; Eloísa, el símbolo del deseo inextinguible, y Beatriz, Eleonora y Laura, la eterna trinidad de los castos arrobamientos.

¿Fueron, sin embargo, tales como han llegado a nosotros? ¿No podemos ver en Safo la erótica vulgar a quien picaron los desdenes de cualquier mercader de pieles de lobo? ¿No podemos hallar en Mesalina la víctima de un feliz epigrama? ¿No nos es dado ver en la doncella de Orleáns una exaltada histérica? ¿No es fácil asegurar que se extremaron las calumnias contra la ardorosa discípula de Abelardo, y que las figuras retóricas cubrieron como gasa de oro las debilidades de las amadas del Tasso y de Petrarca?

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