plaza de toros de ecijaCada puerta de chiqueros que se abre es una pequeña batalla ganada a la eternidad, una muralla que resiste al embate de armas de asedio cada vez más poderosas. Cada manoletina que pisa el albero es un homenaje al ser humano, a la intensa fuerza que le hizo caminar erguido y mirar de frente.

No hay torero cobarde ni taurino que pueda cortarse la coleta y mirar para otro lado. Hemos vivido una temporada extraña y rara, donde el supremo arte de la vida y de la muerte, ha tenido que resistir golpes aún más duros que nunca. Meses de incertidumbres que no han hecho retroceder ni un segundo en la fe cierta de que el futuro dependerá de que, como las legiones romanas, caminemos escudo junto a escudo en formación en testudo, siendo conscientes de que cualquier descuido, cualquier flaqueza puede herir de muerte este arte ancestral.

A pesar de todo, volvieron a sonar los clarines, y aunque hemos tenido que mirar con cierta tristeza como más allá de los Pirineos, nuestro supremo arte ha sido tratado con más cariño y respeto, las gentes que formamos la gran familia taurina hemos mirado al frente, dando cada uno lo mejor de nosotros mismos, y ni el sol de las cinco de la tarde ha podido apartarnos de la senda que teníamos el deber de recorrer.

El respetable ha acudido siempre que se le ha convocado, respetando y haciéndose respetar, los ganaderos han soltado lo mejor de sus hierros y los maestros han puesto el alma en cada lance, en cada estocada, en cada faena.

Una temporada, que más allá de las mascarillas, de la distancia, de la escasez de festejos y de los dedos acusadores, dejará en los libros de historia de la tauromaquia páginas para el recuerdo. Los toros de Vitoriano del Río en Nimes, la faena de Morante a su primero en el Puerto, la tarde de Emilio de Justo en Fuengirola o el indulto de Palangrero en Mérida, alcanzan este año el valor de la hazaña irrepetible, del héroe que cruza el mar para regresar a su Ítaca, del soldado que regresa a casa para anunciar la victoria.

Ha sido un año en que la piedra de Sísifo ha sido más pesada que nunca, pero el mundo del toro ha vuelto a apretar los dientes, sintiéndose capaz de escalar cualquier montaña y aceptar cualquier desafío. Porque en cada toro, en cada torero, en cada monosabio, en cada arenero y en cada aficionado está lo que hace única y eterna cada faena.

Artículo de Antonio Crespo.